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Cuando la inocencia de una periodista se erosiona
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Daniella Fernández
 
Por Daniella Fernández
Publicado el 02/26/2008
 

Hace unos días aterrizó en mi correo una columna titulada “Confesiones de una joven periodista que perdió su inocencia”.

Perfil 560


Cuando la inocencia de una periodista se erosiona

Cuando la inocencia de una periodista se erosiona

Por Daniella Fernández*

Hace unos días aterrizó en mi correo una columna titulada “Confesiones de una joven periodista que perdió su inocencia”. El escrito cuenta la tajante experiencia de una reporteraque abordó el tema de la violencia ejercida contra las mujeres guatemaltecas.

Leyendo no más el encabezado me pregunté, ¿cuándo es que un periodista pierde su ingenuidad? Los reporteros empíricos dirían que cuando abandonamos el calor de las aulas e ingresamos al frío mundo real. En mi caso, más que perdida, la inocencia se ha erosionado, un poco en la calle otro tanto en la universidad. 

Está claro que la tarea de un periodista es hacer preguntas. Pero, ¿qué normas hay que aplicar cuando un reportero se encuentra con una fuente vulnerable?
A pesar de que conocemos los temas, nada prepara a los novatos comunicadores para enfrentar la realidad… esa en la que los protagonistas son personas de carne y hueso.

Y aunque dicen que nadie experimenta en cabeza ajena, algo he aprendido de mis compañeros. Más de una vez empezaron con seguridad a hacer preguntas, pero pronto sus voces se volvieron irreconociblemente fraternales.

Sí, es cierto que son minoría, pero he escuchado sus voces desprendiéndose de la seguridad periodística por miedo a destrozar aún más a las víctimas.

Entonces, ¿siempre deben confrontar los periodistas a sus entrevistados? No recuerdo haberlo oído en clases. ¿Debemos poner nerviosas a nuestras fuentes? Creo que los profesores nunca lo mencionaron.

De mis vivencias personales también tengo algo que decir. Se me viene a la mente el caso de las trabajadoras sexuales, una población ya de por sí estigmatizada.

El año pasado una de ellas me contaba su historia: drogas, violaciones, golpes…. todo con lujo de detalles.

Mientras la sexoservidora, con sus ojos aguados, narraba su vida, yo me preguntaba ¿sabrá realmente lo que está haciendo?, ¿quién soy yo?, ¿una periodista que bucea entre las cenizas del dolor ajeno para sacar una joya de historia?
Escucharla y prevenirla, fuera o no lo correcto desde el punto de vista periodístico, era la única cosa que yo podía hacer.

En medio de mi perturbación, advertencias, estado de choque y apuntes se disipó la inocencia y apareció la culpabilidad.

Entonces, ¿dónde está la línea divisoria entre una historia que profundiza en sus protagonistas y la que los convierte en un espectáculo?, ¿cómo es que los periodistas le preguntamos a gente extraña por sus secretos más íntimos? En definitiva, se trata de un canje injusto.

¿Y quién se pone en mis zapatos? No es fácil dejar atrás a alguien, para seguir con la siguiente noticia. Me da pavor llegar a esa frontera en la que los sucesos vividos pasan a ser solo anécdotas. Me rehúso a ser buena actriz más que reportera. Me niego a comer a costillas de la tragedia ajena.

La poca inocencia que me queda me mantiene en esta carrera, en la que miles de engatusados se matriculan, creyendo el discurso filantrópico de salvar al mundo o el cuento de que la prensa es el cuarto poder de una democracia. Y aunque una cosa sea el periodismo académico y otra el de la calle, estoy segura de que la retroalimentación existe, así que los universitarios hacemos mucho más desde el interior de un medio que desde las aulas.

*Adaptación Perfilcr.com, el texto completo se encuentra en la revista impresa.