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Quien ama no es infiel
Las infidelidades de mi esposo tocaron profundamente mi vida y, en ese tiempo, eso me desmenuzó por dentro.
Por Saray* / Foto Purestockx.com
Cuando nos casamos, Omar llegó al matrimonio cargando mucho machismo, lo cual era muy normal para la época.
Entonces se pensaba que el hombre tenía derecho a ser infiel. La sociedad era muy permisiva en aceptar la infidelidad del hombre. El cuento era que el hombre, si era infiel, había engañado a su esposa; pero si ella lo era, había traicionado a su pareja y se le calificaba como una “perdida”. Como el hombre era quien traía el dinero a la casa, sentía que tenía derecho a hacer lo que quisiera. En medio de estas situaciones, a la mujer le correspondía callar y soportar esta situación tan dañina, para no quedarse si marido y sin dinero.
Una también permitía las infidelidades. Yo, con la convicción del juramento hecho ante el altar (“en las penas y en las alegrías”), me aferré al pacto incondicional de amor y eché raíces que me hacían permanecer y esperar. Yo creía que estaba pasando las penas y que luego vendrían las alegrías y tendría el matrimonio que tanto había soñado.
Recuerdo que yo le preguntaba a Omar porqué me era infiel, si yo le ofrecía todo mi amor y vivía para complacerlo, él me respondía: “El hombre es así. Tiene necesidades sexuales más fuertes; es más apasionado sexualmente”. Me decía que eso era solamente experiencia sexual, que no tenía que ver con el amor.
Yo vivía una pasión tan intensa por Omar, que el solo hecho de tenerlo cerca, de que me mirara, de que me diera la mano, ya era apasionante para mi… Así fue como me volví mendiga del amor.
Sin embargo, en el fondo sentía que en cada entrega de su cuerpo a otra yo me desintegraba, me desfiguraba, me apocaba. Hasta que un día me cansé y decidí que si cualquiera le daba sexo, yo ya no iba a competir con otras en eso, no podía aceptar ser una de tantas. Entonces, me dediqué más a ser madre que mujer.
*Adaptación Perfilcr.com, el texto completo se encuentra en la revista impresa. |
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Nunca busqué vengar la infidelidad de él de la misma forma, pero con todo eso, se me perdió el apetito sexual. Tanta desconfianza, la falta de amor y el sentirme tan irrespetada ayudaron a bloquear mi necesidad sexual. Vino entonces la castración sicológica en mí, borré de mi mente todo lo que tuviera que ver con sexo. Yo no necesitaba las relaciones sexuales, no eran importantes, no había placer ni amor para hacer el amor, y eso afectó más aún nuestro matrimonio.
Sin embargo, nuestro matrimonio no estaba sellado con cinta scotch, sino con pegamento divino. Dios luchó por nosotros e hizo que nuestro matrimonio resucitara… como él.
Omar descubrió que había perdido mi entrega total, mi admiración absoluta, mi sacrificio sincero. Me había perdido por estar en función de sus hormonas, por demostrar su “hombría”, por no tomar la decisión de amar.
Fue entonces cuando Omar buscó a Dios para que lo restaurara y ya renovado comenzó a buscar entre las cenizas, lo que quedaba de mí. Fue un proceso largo de reconquista. Tuvo que pasar también por el sacrificio. No era sencillo revivir el amor.
Omar tuvo conversión, arrepentimiento. Me pidió perdón con un corazón muy quebrantado y yo ví el cambio en él. Así, poco a poco, fue floreciendo de nuevo el amor. Ahora ya no lastima ni duele; por gracia de Dios es una prueba superada, gracias al perdón. Ahora cuando nos tomamos de la mano también nos damos el corazón y yo me siento orgullosa y bendecida de ser su esposa, de haber renacido como pareja, como madre y como mujer. | |
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